Entre la hipocresía y la sinceridad

Manuel Calviño

Hay quienes piensan que la hipocresía es una necesidad de las buenas relaciones interpersonales. Que la sinceridad es un arma de doble filo. Afirman que es mucho mejor callar antes que decir algo que a las otras personas pueda no agradarles. A su manera así lo confirmó el escritor y dramaturgo español Jardiel Poncela cuando dijo que la mejor manera de ser maleducados era ser sinceros. En su opinión para tener buenas relaciones con otras personas hay que dejar a un lado la sinceridad y ser un poco hipócrita.

En realidad resulta bastante difícil aceptar tal representación. Es posible llevar en nuestro maletín de vida la experiencia de haber sido sincero con alguien y haber recibido a cambio el rechazo, la agresión, hasta la separación. Que esto sucede no me cabe la menor duda. Pero desde aquí construir un principio que privilegia la hipocresía sobre la sinceridad resulta excesivo e inadecuado. La hipocresía, “[…] fingir cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”, extendida hasta el “[…] decir cosas contrarias a las que se piensan o sienten en aras de agradar u obtener algún beneficio personal”, no deberíamos considerarla como una buena aliada en la construcción de buenas relaciones interpersonales. Lo que se sustenta en la mentira, es una mentira. No es solo la apariencia lo que hace buenas (plenas, enriquecedoras, constructivas) nuestras relaciones interpersonales.

Una relación, de cualquier tipo, que se sustenta en la hipocresía está condenada al corto plazo y a la terminación radical. Nadie corre el riesgo de una relación con un hipócrita ni por mucho tiempo, ni por segunda vez. Es cierto que algunos tipos de narcisistas, esos que se quieren tanto que no tienen amor nada más que para ellos (¡vaya amor!), se complacen en relaciones hipócritas. Pero, con el perdón de la clasificación internacional de las enfermedades mentales, son relaciones patológicas, enfermas.

Asimismo, el mantener conductas y discursos hipócritas requiere una cantidad enorme de esfuerzo psicológico intelectual y afectivo. El esfuerzo de ser hipócritas desgasta las reservas de salud mental y física, así como de salud social, con lo cual esta forma de vivir arrastra tanto a la enfermedad y la degradación personal como a la disgregación y alienación en lo social.

Un valor auténtico que juega un papel fundamental en el establecimiento de relaciones interpersonales sanas, constructivas, exitosas es la sinceridad. Cuando nos expresamos libremente, sin fingir, de manera sencilla y veraz, y esto es precisamente ser sincero, nos sentimos bien con nosotros mismos. Un sentimiento que es favorecido por la coherencia, la consonancia entre lo que uno piensa, siente y hace. Al mismo tiempo siendo sinceros, transparentes, damos seguridad y confianza a las personas con las que nos relacionamos. De un hipócrita o no sabemos qué esperar, o no se espera nada bueno. De una persona sincera siempre podemos saber qué esperar y qué no. Esto ya sería una razón suficiente para un no a la hipocresía.

Un defensor de lo que él mismo llamaba la “hipocresía bienintencionada” me dijo: “Es que existen las convenciones, las normas, las costumbres, y uno no puede decir todo lo que piensa”. Me insistía en que hay ocasiones en que lo mejor para la otra persona, y para la sanidad de las relaciones, era ser un poco (“un poquito nada más”) hipócrita. Pero en su análisis hay algo que se escapa. Parecería que “hipocresía” y “educación” son la misma cosa. Y, dicho a la manera del más pequeño de mis hijos: “Na’ (da) que ver”.

La educación, la buena educación, no cuestiona nunca el decir o no decir. La buena educación se pregunta ¿cómo?, ¿dónde? y ¿cuándo? decir. Y esto es bien distinto de la hipocresía. En la búsqueda de la forma y el momento adecuado no hay sino comprensión, respeto, consideración. La adecuación de las formas y los tiempos, de la geografía situacional, es una buscadora incansable de que lo que se diga logre el efecto que se espera. Incluso al costo de pasar por “pequeñas tempestades” emocionales.

Acepto que existe, que en ocasiones es necesario, un “silencio táctico”. Pero táctico, y nada más. Con lo que quiero decir que hacer silencio no es lo mismo que callar. El que hace silencio en un momento no espera sino la oportunidad de decir. El que calla no hace sino convertirse en cómplice de lo que oculta. El que actúa hipócritamente rebasa todo límite y se convierte en un “homicida de la verdad”, en un constructor de la farsa. El que hace silencio, puede pensar que no sabe el modo de afrontar algo, sobre todo cuando puede suponer que será desagradable. Pero no convertirá la dificultad momentánea en justificación para la mudez. Puede que el asunto sea que a él mismo le cuesta trabajo abordar el problema, pero terminará por hacerlo (ojalá que no demasiado tarde). Ni tan siquiera deberá parapetarse en la fórmula: “A mí no me gustaría que me lo dijeran”. Él no es todas las personas (por mucho que nos parezcamos).

No hay dilema posible entre la hipocresía y la sinceridad. La hipocresía, para los que intentamos crecer y mejorar como personas, no es una alternativa. Entre la sinceridad descontextualizada y la sinceridad prudente, que valora los dónde, cómo y cuándo, tampoco hay duda. La primera es en todo caso una opción de última instancia, cuando no hay más posibilidad, cuando no hacerlo resultaría precisamente hipócrita o contrario a los principios básicos, a la integridad personal.

Para tener buenas relaciones interpersonales no hay que ser hipócrita, lo que hay que ser es educado. Para ser sincero y decir la verdad no hay que ser cínico, hay que ser educado. Para decir lo que se piensa no hay sino que decirlo de un modo educado. Y ser educado no es ser analfabeto, tener instrucción o tener un título. Ser educado es ser una buena persona, comportarse como tal y pensar que todo ser humano se merece nuestro mejor comportamiento. Todos podemos ser buenas personas. Todos podemos ser educados. Pero recordemos que la educación no es un don, no se hereda, se conquista, se gana con el esfuerzo personal.

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