El buen vivir y las causas utópicas en el pensamiento de José Martí

Gisela Yanes Rodríguez y Eduardo López Bastida

José Martí era un hombre de una extraordinaria cultura; no existe ningún problema de la humanidad en el cual no pensara y escribiera y sus reflexiones mantienen una gran actualidad, llenándonos de propuestas esperanzadoras para enfrentar los grandes desafíos de hoy.

La importancia que le dio a la significación de cómo vivir, se evidencia varias veces en su extensa obra, donde hace referencias a las intenciones de escribir un libro sobre el concepto de vida.

Sobre este proyectado libro, le escribió a Miguel Viondi, desde Nueva York, en 1880, diciendo: «Tengo pensado escribir, para cuando me vaya sintiendo escaso de vida, un libro que así ha de llamarse, El concepto de la vida. Examinaré en él esa vida falsa que las convenciones humanas ponen enfrente de nuestra verdadera naturaleza, torciéndola y afeándola, y ese cortejo de ansias y pasiones, vientos del alma».

En sus Cuadernos de Apuntes escribía: «El gran trabajo para escribir este libro es éste: distinguir la vida postiza de la vida natural: lo que viene en el hombre, de lo que le añaden los hombres que han venido. So pretexto de completarlo, lo interrumpen.

La Tierra es hoy una vasta morada de disfrazados. Se viene a la Tierra como cera, y el azar nos vacía en moldes prehechos. Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera, y la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que corre dentro de la existencia aparente, como por debajo de ella, no sentida a las veces por el mismo en quien hace su obra sigilosa. Garantizar la libertad humana, dejar a los espíritus su frescura genuina, no desfigurar con el
resultado de ajenos prejuicios las naturalezas (puras y) vírgenes, ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada, he ahí el único modo de poblar la Tierra de una generación vigorosa y creadora que le falta. Las redenciones han venido siendo formales; es necesario que sean esenciales. La libertad política no estará asegurada, mientras no se asegure la libertad espiritual».

«Urge libertar a los hombres de la tiranía, de la convención, que tuerce sus sentimientos, precipita sus sentidos y sobrecarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso. Este es uno de esos problemas misteriosos que ha de resolver la ciencia humana, hoy entrevisto apenas, vulgar mañana y de todos conocido, difícil y oculto a las miradas comunes, mas no por eso menos grave. Bueno es dirigir, pero no es bueno que llegue el dirigir a ahogar». Posteriormente decía: «La vida humana es una ciencia, a cuyo conocimiento exacto no se llegará jamás. Nadie confesará jamás completamente sus desfallecimientos y miserias, los móviles ocultos de sus actos, la parte que en sus obras ejercen los sentidos, su encorvamiento bajo la pasión dominadora».

En Martí se ve el hombre de América, el hombre de la fe en los pueblos, que nos llama a pensar en nuestra vida propia y autóctona y no en la exterior que nos oprime y divide. Por ello en una gran cantidad de escritos, sobre los diferentes pueblos latinoamericanos, nos ínsita a un buen vivir desde nuestra raíces, indígenas, campesinas, rurales y negras, construyendo un camino propio que nos lleve a la unión y al entendimiento de nuestros contexto, nuestras culturas y nuestra naturaleza.

En periódico Partido Liberal, el 25 de noviembre de 1891, publicó: «Por toda Nuestra América empieza a mostrarse el deseo como si ya hubiese comenzado a cuajar el alma continental de conocer, por sus raíces y desarrollo, la composición de los pueblos americanos ». [….] «La libertad parece ya segura: no lo están aún sus métodos, pero su espíritu lo está. El que niegue al hombre un ápice de su decoro, o quiera vivir sobre los hombres, ya no puede vivir en América. Lo que importa ahora es ver cómo se vive en paz y abundancia dentro de la libertad. Lo que importa es que le nazcan a la libertad hombres reales». «Vivir humilde, trabajar mucho, engrandecer a América, estudiar sus fuerzas y revelárselas, pagar a los pueblos el bien que me hacen: éste es mi oficio.
Nada me abatirá; nadie me lo impedirá. Si tengo sangre ardiente, no me lo reprocho» (Carta a Varelo Pujol, director de El Progreso).

En La América, en 1883 él escribió: «Todo nuestro anhelo está en poner alma a alma y mano a mano los pueblos de Nuestra América Latina. Vemos colosales peligros; vemos manera fácil y brillante de evitarlos; adivinamos, en la nueva acomodación de las fuerzas nacionales del mundo, siempre en movimiento, y ahora aceleradas, el agrupamiento necesario y majestuoso de todos los miembros de la familia nacional americana». […] «No hay en la América del Sur y del Centro, como en Europa y Asia, razones de combate inevitables de razas rivales, que excusen y expliquen las guerras, y las hagan sistemáticas, inevitables, y en determinados momentos precisas».

En su concepto de vida Martí dio extremada importancia a la espiritualidad, pero no a la espiritualidad de lo sagrado, sino la interpretada como sinónimo de sentido de responsabilidad y compromiso con la humanidad, que genere esperanzas de vida. Una espiritualidad vivida como forma superior de la manifestación humana, para eliminar el individualismo, el aislamiento, el egoísmo y la soledad. Esto significaba unificar contrarios, tener un visión holística y no
parcializada de la existencia, el establecimiento de un debate entre vivir y pensar. Al respecto decía: «El ser tiene fuerzas, y con ellas el deber de usarlas.

No ha de volver a Dios los ojos, tiene a Dios en sí: hubo de la vida razón con que entenderse, inteligencia con que aplicarse, fuerza activa con que cumplir la honrada voluntad. Todo en la tierra es consecuencia de los seres en la tierra vivos. Nos vamos de nosotros por inexplicable lucha hermosa: pero mientras en nosotros estemos, de nosotros brota la revelación, la enseñanza, el cumplimiento de toda obra y luz». [….] «La providencia para los hombres no es más que el resultado de sus obras mismas. No vivimos a la voluntad de una fuerza extraña: el hombre inferior inteligente no puede concebir torpeza en una inteligencia superior. El justo de la tierra no comprende la injusticia en quien ha de encaminarlo y dirigirlo» (Revista Universal, México, 1875).

En un escrito con motivo del fallecimiento de Henry Ward Beecher, el gran predicador protestante norteamericano, manifestó: «Cuando las condiciones de los hombres cambian, cambian la literatura, la filosofía y la religión, que es una parte de ella; siempre fue el cielo copia de los hombres, y se pobló de imágenes serenas, regocijadas o vengativas, conforme viviesen en paz, en gozos de sentidos o en esclavitud y tormento, las naciones que las crearon. Cada sacudida en la historia de un pueblo altera su Olimpo».

En sus Cuadernos de Apuntes acotaba: «Cristiano, pura y simplemente cristiano. […] Observancia rígida de la moral, mejoramiento mío, ansia por el mejoramiento de todos, vida por el bien, mi sangre por la sangre de los demás; he aquí la única religión, igual en todos los climas, igual en todas las sociedades, igual e innata en todos los corazones». «La vida espiritual es una ciencia, como la vida
física. Esta época nuestra es grande, no por lo que ha aprendido, sino porque ha descubierto lo que se tiene que aprender». La América, Nueva York, 1884.

Aunque en su obra encontramos poco el uso de la palabra utopía, en sus textos vemos su aplicación en el deseo de dar un sentido a la vida y alcanzar la felicidad a través de la búsqueda de un mundo mejor, más solidario y más justo. En el prologo Cuentos de hoy y mañana, de Rafael Castro Palomino, él escribió: «¡Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del apóstol en la frente, y en la mano la espada de batalla? ¡Quién no se ha levantado impetuoso, y retrocedido con desmayo, de ver cuánta barrera cierra el paso a los que sin más caudal que una estrella en la frente y un himno en los labios, quieren lanzarse a encender el amor y a pregonar la redención por toda la Tierra? ¡Quién no ha reconstruido en su cerebro la “Utopía” de Moro, y la “Occeana” de Harrington?».

En su poema Vida pensamos se resume su filosofía del Buen Vivir:

«La vida es un asalto: pues cautivo
Hoy o después he de vivir, la lucha
Ruda comience, y pues lo quieren –vivo!
Más no a gemir ni a sollozar dispongo
Voz que me sirve para hablar al cielo:
Vivo, para trazar sobre la tierra
Huella soberbia que mis pasos grabe;
Para abatir y dominar grandezas,
Para labrar mi gloria con mis manos
Y convertir en rayos la tibieza
De este palito sol de los humanos».

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